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El bolicho

Del disco: Santa Fe a lo gaucho

 

Cerré tanquera a mis campos

sin quererlos recorrer,

apagué mi estrellería

y al bolicho me largué.



¡Qué más le queda al paisano

sino el calor de esa aguada!.

Teatro, circo, risa, almohada

de vinos y de ginebra,

donde la vida está en quiebra

y el alma está envenenada.



En la raya del camino

es una espera su puerta,

es silenciosa su oferta

y el dueño ´e la estantería

se enanca a la policía

con trago y cuentas abiertas.



Por algo se va al bolicho:

por carta, copa o amigo;

pa´ buscar un enemigo,

pa´ fantasear de cantor,

p´ hacer un temple ´e primor,

pa´ juir de un pensar testigo.



Se va pa´ mentir de gusto,

pa´ fundamentar tristeza,

pa´ olvidarse ´e la pobreza,

pa´ abrazarse a la ilusión,

pa´ pagarle a la reunión

o achicarse en una mesa.



Farol p´ alumbrar los vicios,

mostrador de mosca y tierra;

copas que le hacen la guerra

a lo que llaman higiene,

indio pechando al que viene

y criollo puteando ande erra.



Hueso, carta, copa y humo,

sombrero que se requinta,

melena echando su tinta

sobre el charco de una mesa,

una discusión que empieza

y una orejada que pinta.



Por áhi revienta una apuesta

se cuentan cosas de estancias,

furias, marcas y distancias,

rodeos y marcaciones,

las gracias de unos patrones

la luz mala ´e la ignorancia.



Parece patito ´e lluvia

la escupida contra el suelo;

entra enlutado un pañuelo,

sale otro agachándose,

se encuentran mirándose

y hasta en el aire está el duelo.



Perros al lao de los dueños,

rebenques colgaos a sillas,

gente que llega ´e las trillas,

rastra que vueltea atascada

con la plata ´e las nutriadas

que asegura la presilla.

Al bolichero ´e pasada

la bola ´el ojo le brilla.



Sardina, galleta, vino,

queso, dulce de batata,

un probarse de alpargatas

y una provista achicada

porque ha ido mal la jugada

y eso lo ignora su ñata.



Templa su queja guitarra,

firuletea un acordeón,

hay que cerca el montón

pararle rodeo a los reales.

Está plagao de mensuales

y está contento el patrón.

-¡Una chamarrita, don!

-¡Métale polca, Rosales!



El loro del almanaque

mira como riéndose:

“Estamos a fin de mes,

chupen tranquilos los mozos

porque… está creciendo el pozo

y hay damajuanas de a diez”.

El loro parece un juez

lleno de vidrios vistosos.



-¡Otra vuelta…!

-¡Seis potrillos!

-¡No bautice… si no es cura!

-Yo vendo bebida pura,

se lo puedo garantir.

Y el loro se hacha a reir:

¡Caradura… caradura!



Un pasao que se hace rastra

desoye a los compañeros;

bufa afuera un parejero,

llega en volanta una carga,

y hasta la guitarra alarga

pa´ ver pierna, el clavijero.



Balancita trampeadora,

estaño aquerenciador,

desteñido mostrador,

lechera, astucia, madeja,

artimaña ´e comadreja

y el ojo de carancheador.



Vos empeñas un cuchillo

como bolsiqueás mamaos;

tu estómago está curao,

es un buche de avestruz,

y naco que busca luz

allí queda encajonao.



Botones, chafalonias,

cuerdas, bombachas, sombreros,

pilas, focos, liñas, cueros

con anilina teñidos,

un “marca sol” garantido

y a lengua seca, un talero.

De cuando en cuando, un vestido,

y arriba, un picanillero.



Andarivel pa´ carreras

de los créditos del pago,

pasteles fondeaos a tragos,

humito de asao constante,

tirás siempre pa´ adelante

como morisqueta ´e mago.



Cuando todo está en silencio

desconfiao el bolichero

manotea el candelero

y tiembla al lao del cajón,

sudando a cada montón

en un descanso de hachero.

Por una hendija, el lucero

le tira su patacón.



Palenque, manea, coyunda,

reñidero del valor,

taba que calza el honor

en la mentira de un vino,

la excusa del asesino,

la querencia del traidor.

Bolicho, un llanto argentino

cae sobre tu mostrador.

 

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